En un tiempo que exige respuestas rápidas y posiciones inmediatas, escribir por rodeo se vuelve un gesto de cuidado. No para evadir, sino para permanecer. Este texto propone otra ética de la escritura: demorar, bordear, dejar que las imágenes maduren antes de decir.
Escritura por rodeo
En estos tiempos en los que se nos piden respuestas rápidas y posiciones inmediatas, desviarse puede ser una forma de cuidado, de revelación y de existencia. Correrse un poco de la lengua, del pensamiento, del cuerpo que escribe. No para encontrar conclusiones ni moralejas, sino para ensayar un modo de estar en la escritura sin ir directo al grano.
Durante mucho tiempo pensé que escribir bien era hacerlo rápido y en abundancia. Encontrar el inicio, el núcleo, nombrarlo, fijarlo y luego resolverlo para obtener un “colorín colorado”. Ese gesto —tan celebrado— no solo es imposible: es, sobre todo, indeseable.
Hay zonas que no se dejan abordar de frente. Existen experiencias que se retraen cuando se las señala demasiado pronto. Hay palabras que se endurecen si se las fuerza.
El rodeo apareció entonces como una necesidad: un modo de permanecer cerca sin invadir. De bordear una idea, una imagen, una emoción. De darse el tiempo de quedarse ahí, con eso que todavía no tiene forma. Indagarlo, trabajarlo, desmenuzarlo en pequeños fragmentos, en escenas mínimas que no buscan cerrar nada, apenas sostener.
Escribir por rodeo es demorarse. Volver sobre lo mismo desde ángulos distintos. Cambiar de cuaderno, de ritmo, de tono. Aceptar que no todo texto nace sabiendo qué quiere decir. Que muchas veces escribe primero el cuerpo: la mano, el cansancio, la respiración. Después, quizás, aparece el sentido.
En ese tiempo de rodeo, el texto suele existir de un modo precario: notas sueltas, imágenes inconexas, frases que todavía no encajan. Un estado intermedio, larvario, que pide paciencia más que eficacia. Aceptar ese momento sin ansiedad por cerrar es parte del trabajo.
En estos días, mientras la Comarca atraviesa incendios forestales que destruyen el territorio, la naturaleza, la vida cotidiana, escribir o dibujar —para quienes aún tenemos con qué hacerlo— puede parecer impropio al principio. Y sin embargo, poco a poco, se vuelve necesario. No porque las palabras expliquen lo que sucede, sino porque obligan a medir el tono, el tiempo, la distancia. Porque también al incendio se lo combate desde los bordes: rodeándolo, conteniéndolo, evitando que avance sin control.
Pensar la escritura desde ese lugar no es una forma de evasión ni una coartada estética. Es, para mí, una ética mínima: saber cuándo no decir, cuándo esperar, cuándo sostener una pregunta abierta sin clausurarla con una respuesta apresurada. Elegir qué dejar afuera. Ajustar. Podar. Darle forma al texto sin violentar su tiempo.
En un mundo que exige productividad constante —también a la escritura— el rodeo se vuelve un gesto a contramano. No produce resultados inmediatos, no garantiza claridad y no promete eficacia. Pero permite algo más frágil y más valioso: que el texto se construya desde adentro, respetando su propio pulso.
A veces ese rodeo implica cambiar de soporte: pasar de la palabra al trazo, del cuaderno a la imagen, no para ilustrar una idea, sino para seguir bordeándola. Permanecer cerca sin forzar una forma definitiva.
Escribir, entonces, no es llegar rápido a ningún lugar. Es confiar en el tiempo, en la deriva y en la paciencia del proceso. Entender que rodear no es perderse, sino otra manera —más lenta, más atenta— de encontrarse.

Los rodeo de abrazos y hasta la próxima. Si algo de esto te resuena te leo en los comentarios.
Carla


