Nos reunimos en la Pasarela y el día ya viene sonriendo conmigo cuando bajo del auto para dar inicio a esta preciosa caminata.
Compartimos a Henry Thoreau, mientras nos fuimos adentrando en el sendero hacia el Mirador del Blanco. Hacía tiempo que no pasaba el día acá.

Seres abiertos al entusiasmo
Un perro atento quiere jugar a orillas del Azul, pero el humano que está con él, no.
Veo otro perro viejo y pequeño camina lento, pero el humano que está con él, no.
Un perro monocromático, corre entre las retamas. Nosotros no. Su lengua es rosada como las flores de la primavera, pronto serán el fruto rojo para alguna mermelada o aceite para la piel.
Lunares de colores. Retamas, lupines, flores por doquier. Motas en el agua se encienden y apagan en la superficie, como un baile de luciérnagas.
Los brotes que crecen nuevos tienen esa claridad de los recién llegados. Son tan puros que no saben de pertenencias, ni de dueños.
Bajo mi mirada y sobre la tierra suelta están mis pies. Desconfió de ellos, entonces se vuelven inestables. Por supuesto me resbalo y me caigo unas tres veces. Todas en bajadas simples: simples las bajadas, compleja yo.
Me río, incluso más fuerte y genuina que cuando estaba de pie. El perro corre. Va y viene con la lengua afuera. Se mete al agua. Se sacude a mi lado.

Camino y veo la naturaleza. También siento la humanidad.
Hay humanidad en todo. Alambres. Casas. Huellas. Cuatriciclos. Cumbia. Motobomba. Conversaciones. Pisadas. Herraduras.
Camino dentro y fuera del cuerpo que me rodea, del que separa de la naturaleza y me acerca a la humanidad. Mi cuerpo me sostiene cuando caigo. Mi cuerpo me tira al piso también.
Pasa un avión entre la lectura clara de las palabras de Clara Obligado de su libro Todo lo que crece.
Hay vida en la muerte, silencio y ruido. Cascada y surco de agua. Es el Mirador del Blanco.

Desciendo y por las dudas me resbalo otra vez. Camino. Avanzo por las piedras. Me siento. Escucho el agua. Escucho la humanidad.El perro monocromático ya está en calma. Ha llegado a su hogar. Así lo reciben en el Rincón del Motoco.
Observo los colores que el perro no ve. Como trotas fritas que el perro no puede. ¿Siento así mi humanidad? Pienso que mañana él estará corriendo por los mosquetales de nuevo. Recuerdo que es domingo que mañana tengo que ir a trabajar.
Pienso que hoy nos une este instante dónde también me siento un ser abierto al entusiasmo.

Los ñoquis
Zulma del Rincón del Motoco amasó ñoquis mágicos. Recién salidos del hervor, llegan a la mesa vestida de pic nic con mantel cuadriculado rojo y blanco. Se apilan en el plato como cielo pequeño dentro de la losa.
No son las nubes inútiles y pequeñas del verano, esas que pasan desapercibidas en el azul del cielo. Estos ñoquis son esponjosas y algodonadas nubes de papas.
La salsa de hongos cae sobre ellos como una lluvia tibia que no moja pero transforma. La mezcla de sabores anuncia la tormenta que se aproxima a mi boca. Un perfume terroso que sube desde el bosque de cipreses, atrapado por las morillas.
En el primer bocado la comparación obvia se me hace inevitable. Saboreo las nubes mientras se rompen en los desfiladeros de mi boca, como si estrellaran contra una montaña, un gesto mínimo, imperceptible, pero que va dejando sentidos en mi paladar.
Los hongos aportan ese matiz oscuro que el cielo rara vez concede. Se revelan las texturas, la profundidad del tomate y se vuelve un plato memorable. Un paisaje.
El cielo se sirve en plato hondo en el Rinón de Motoco. Un clima de calor se deshace en mi boca, mientras que me siento rodeada de aromas que anuncian una tarde única.

El agua
Compartimos ahora el dulce de los alfajores. El sabor de las palabras ajenas se inscribe en mi cuaderno. Julieta trajo varios libros sobre el agua. Julia prepara el mate. Escribimos. Narramos.
Me siento frente al Río. Observo cómo los árboles del bosque ascienden como columnas de una capilla y me producen una tensión espiritual.
Recuerdo el agua bendita en los cuencos de mármol donde remojaba los dedos para entrar a la morada que la humanidad hizo para Dios.
Miro la morada que Dios hizo para todos y me siento pequeña. Hoy el río nunca estuvo tan relajante, tan agradable, tan inspirador. Bien sabe Dios la falta que me hacía.

Parece mentira que se trate del mismo río caudaloso hecho cascada esta mañana. Una mirada borra las otras y queda la más contemporánea.
Me gusta que el río tenga tantas versiones como un poema, incapaz de abrirse en su recorrido, salvo cuando muere en el mar.
¿Me pasará lo mismo? ¿Nos pasará a todos los humanos lo mismo? ¿Iremos por la vida torrentosos, entre piedras, buscando la muerte? ¿Será el fondo de mis aguas un lecho de rocas llenas de verdín estancado? ¿Iremos cerrados hacia una muerte amplia y salada condenados a revestirnos como una cebolla? ¿Volveremos hechos lluvia?
Se nubla la superficie pese a la calma. El agua se mueve ¿o me lo imagino? Adentro mi río se mueve lento como para pensar en poner mis pies adentro. ¿Se podrá vivir en automático?
Delante de mí caminan las personas que saben las cosas que quiero saber: literatura, cómo viajar sola, cómo cantar. Saben de agua alcalina, conocen la diferencia entre en sorrentino y un raviol, saben que montaña hay a mi derecha y el nombre del pájaro que canta.
Paso tras paso las horas transcurren mientras miro sus talones suben y bajan frente a mi.
Yo, camino.



