Acá estoy acomodando mi pelo, para que no se sienta descuidado ni comparado con un nido de caranchos, como diría mi abuela. Para que ya no tenga los reflejos de aquella persona que solía ser y se vuelva parte de mí, ahora que soy esta.
Cuando estoy en la peluquería me pasan dos cosas muy extrañas, o me siento como en un shopping, con gente random que va y viene buscando corte, camuflaje, cambios, mantenimiento y conversación. O me siento como como en casa de alguna hermana que bien podría tener, poniéndonos al día de lo que nos pasó en el mes.
Así es estar en el Salón Glamour de Carola Mendoza, que lejos de ser una peluquería de pueblo: en parte lo es. Porque me conocen, nos conocemos y eso es muy distinto a los salones impersonales a los que iba cuando vivía en Buenos Aires. Acá hace 15 años que vengo, una vez al mes, saquen sus cuentas.
Mientras espero, una de las tres chicas que ayuda en la peluquería ya me vino a saludar, ya me preguntó cómo estaba y Carola ya levantó la mirada de la cabeza que está lavando en la pileta para sonreír y decirme Carlita en seguida estamos con vos.
Frente al espejo con la bata ya puesta, el cabello desenredado y una vecina en la silla de atrás escucho sonar de fondo música árabe y luego una tanda de boleros. Carola es profe de danza y bailarina y así se mueve mientras trabaja. Elegante, con su pelo largo, sus brazos siempre en alto, su cintura y la posición de sus pies le delatan la pasión. A veces la imagino como Isis, una diosa hindú de esas que tienen cuatro brazos (uno por cada hijo) un tercer ojo y la flor de loto (que ya tiene tatuada) como protección, pero cuando pregunta: ¿Bueno? al terminar algunas oraciones recuerdo que es chilena y que es real.
¿Qué vas a hacerte hoy? Pregunta de cortesía, porque en realidad ya lo sabe. Hoy vine a dejarme las canas, bajo el procedimiento técnico: La Transición. No soy la única, una señora ya está casi terminando y la veo observarse extrañada frente al espejo, sonrojada y me pregunto qué se habrá revelado en ella que no puede sacarse la mirada de encima.
Vanesa, su ayudante me lava el pelo. Siento que mi mente se apaga para darle lugar al frío-calor del agua, a la espuma del shampoo y a los aromas a argán, madera y bizcochitos de vainilla; que me trasladan a la cocina de mi abuela, dónde tomamos la leche mientras espera con sus ruleros puestos a que pase el tiempo. Me secan las orejas y como una patada dentro del sueño, vuelvo a la peluquería. Me traslado al otro salón a que me sequen el cabello: al 100% dijo Carola.
Momento del gorro de látex como bañista de los años veinte y como una artesana del crochet, Carito, como le dicen a veces, comienza a hacer su magia. Picha y recata. Pincha, pincha y levanta. Pincha y pesca. Entre aguja y aguja nos ponemos al día. Sus hijos son este mes la razón del brillo en sus ojos. La felicidad se le traslada a la boca y se ríe. Se llena de amor y se ilumina.
Todas las mujeres que estamos ahí sonreímos con ella, entendemos su alegría porque la hemos vivido alguna vez. Dos compoteras de una especie de crema con un olor penetrante como el combustible se necesitaron para cubrir todos los mechones de pelo que asomaban como fideos en el colador. Guantes, revolver, jalar, revolver, papelitos para dar calor y a esperar.
Los ventanales dan al jardín y el papá de Carola está cortando el pasto. Un perrito blanco y enrulado va y viene, me pregunto se lo bañarán y le cortarán en pelo también. Se lo ve tan feliz siendo blanco. El jardín está en pleno otoño, al igual que todo Lago Puelo. Llegó el café, la segunda patada dentro del sueño que me devuelve a la peluquería.
El proceso es bastante ágil, miran bajo los papeles, hablan, ya está, no está. Seguimos en pileta dice Caro. Nunca me había sentado en el primer lava cabezas. El gorro sigue puesto. No sé bien que pasa ahí atrás, pero me duele. De chiquita odiaba que me peinaran, me tocaran la cabeza, me sacaran los piojos, de grande es igual pero ahora he aprendido a soportar, a callar, a entender que los procesos de transformación duelen. Pienso que quizás no es nada de todo eso, pero a mi gusta pensar y sobrepensarme; cuestionar y repreguntarme.
Voy y vengo de la pileta al salón. Se turnan entre la peluquera y las ayudantes. Ampollas, crema y no sé cuántos líquidos con aromas muy específicos van y vienen hasta que es momento de sacar el gorro látex.
Cada par de manos tiene un ritmo y una cadencia. Una historia y una mañana diferente antes de llegar al salón. Su bagaje, eso que traen consigo al trabajo, es lo mismo que nos pasa a los escritores, está en las manos y cada quien lava a su manera, frota a su manera, peina a su manera, como cada quien narra a su manera.
Más nutrición para mi pelo y es momento de volver a esperar. El truco para obtener un buen resultado es la espera, el tiempo y las manos. Como cuando se escribe, cuando se dibuja. Como cuando se crea. El truco no está solo en la combinación singular de agua oxigenada con pigmentos, también está en la espera.
El tiempo de espera tiene que ser activo. No es solo sentarse sin hacer nada. Es tiempo de interacción. Con las otras clientas que también esperan, como en la fila del banco, como en la caja del supermercado, las mejores esperan son en comunidad. Mujeres unidas por pequeños instantes de permanecer en lugares donde el tiempo se vuelve chicloso, estirable, e infinito.
Me sacan la capa de la tintura y me ponen la del corte. Ya puedo ver la diferencia, aunque mi pelo esté mojado. Ya puedo decir que dejé de ser una esclava de la tintura para convertirme en una mujer libre. Ahora, dice Caro, ya no teñimos más, ahora: Tenés que hacerte solo baños de luz.
Imagino que hasta que las canas crezcan en todo su esplendor y entonces será el fin de mis días en modo tintura. Por las dudas no pregunto.
Hacerse baños de luz suena mejor que camuflar el paso del tiempo. Dejarme las canas me suena mejor que verme cada veinte días el blanco del crecimiento que insiste en asomarse. Caro me corta en capas, me secan como actriz de televisión y salgo del aquel lugar, orgullosa de mi decisión, orgullosa de su trabajo. Feliz de pertenecer por una tarde a aquel mundo de mujeres que una vez por mes vamos en busca de belleza.
Estoy lista para dejar de cubrirme con menjunjes de colores, para dejar de teñirme. Estoy lista para recibir baños de luz.
Gracias Caro.


Nos abrazo y hasta la próxima
Carla


