No. Ayer llegamos temprano. Cinco minutos antes de que abriera el supermercado. Siempre llegábamos temprano, como si fuéramos a ganar algo con esos minutos. Dejamos las mochilas en los casilleros. Irene se ató el pelo con una gomita de librería y nos pusimos los chalecos verdes reglamentarios.
No. El espejo está roto desde hace meses. Te devuelve la cara partida en dos o en tres, según dónde te parás. Irene dice que todos parecemos un rompecabezas mal armado. A veces se pone de costado y mueve la cabeza hasta que los pedazos forman una cara completa.
—Ahí estoy— dice y después se ríe.
No. Su cuerpo ya era así cuando la conocí. El hombro izquierdo un poco más alto que el derecho, el brazo doblado hacia adelante. La quemadura del antebrazo también era anterior. Eso me dijo cuando entramos a trabajar.
Ese día nos dieron unos cartelitos para escribir nuestros nombres con marcador negro. Irene escribió el suyo con letras grandes y el punto de la i era un corazón. Al mío le puse Maty, porque nadie me dice Matías, salvo mis viejos.
No. No éramos amigos. Nos veíamos en el supermercado. Habíamos entrado el verano pasado para la temporada alta y después de marzo nos dejaron efectivos a los dos. Irene llevaba caramelos de limón en el bolsillo del chaleco. A veces me dejaba uno sobre el lector de precios. Ella siempre sabía dónde habían dejado las cosas que nadie encontraba.
No. Nunca nos vimos fuera del supermercado.
Ayer a la mañana fue sola al depósito. El piso estaba mojado porque los de limpieza baldeaban a esa hora. Caminaba despacio, midiendo los pasos. Le grité que me esperara, pero no se dio vuelta. Después dijo que no me había escuchado.
Irene no escuchaba bien. Decía que los sonidos se le amontonaban. La radio, las persianas metálicas, los changos, las voces, el parlante. Como si todo viniera de un mismo lugar. Me preguntaba seguido qué habían dicho, por qué se reían los otros, qué acababan de anunciar.
—No me dejen afuera— podía decirlo riéndose o en serio, aunque a veces no se distinguía.
En el depósito tardó bastante. Cuando salió empujaba el carro con los packs de lavandina. El carro tenía una rueda torcida y se desviaba hacia la izquierda. Se le veía el esfuerzo en la cara. No me pidió ayuda.
Las botellas venían en packs de seis. Cuando abrías el plástico, el olor salía de golpe y se te pegaba a la nariz. Irene dijo algo. Le pregunté qué.
—Nada— y siguió acomodando.
El pasillo de limpieza era angosto y había que trabajar medio de costado. Más de una vez terminábamos con golpes en las piernas. Una tarde le pregunté por unas manchas oscuras que le subían desde los tobillos.
—El carro me tiene bronca— me dijo. Le dio una patada a la rueda y la rueda volvió a desviarse.
El Supervisor quería que todas las etiquetas miraran hacia el mismo lado. Pasaba por los pasillos, giraba paquetes, señalaba lo que estaba mal. Si todo estaba como quería, seguía de largo. Con Irene perdía la paciencia más rápido.
Una vez le dijo la Rarita. Creo que pensó que ella no lo había escuchado, pero yo sí escuché y no dije nada.
Otra mañana le pidió que cambiara una góndola entera. Irene se quedó quieta con una botella en la mano. Yo repetí la indicación, por si no había entendido.
El Supervisor me miró.
—Acá el jefe soy yo, Maty.
Conmigo se pasó una sola vez. Estábamos en el depósito acomodando cajas de preservativos. Hizo un chiste y yo le contesté que era un desubicado. Me dijo puto. Desde entonces hablábamos sólo de trabajo. A Irene nunca se lo conté, me dio vergüenza, no sé de qué.
Ayer, después del tercer pack de lavandina, Irene empezó a mover el brazo como si se le hubiera dormido. Se lo sostenía con la otra mano.
—Me arde— dijo. La semana anterior se había quemado en el depósito. Había apoyado el antebrazo contra una tubería caliente.
—No escuché la caldera— me explicó y después se rió. Enseguida hizo una mueca. Le pregunté si había ido a la guardia.
—Después— No sé qué quería decir con después.
Por el parlante anunciaron una oferta. Primero sonó el pitido de siempre. Irene levantó la cabeza recién cuando repitieron que había dos por uno en arroz.
—¿Qué dijeron?— preguntó. Se lo repetí. El Supervisor apareció detrás de nosotros. Venía caminando despacio. Dijo algo sobre el pasillo. Irene no contestó. Él repitió la frase, más fuerte. Ella dejó caer una botella, no se rompió, solo rodó hasta el fondo y chocó contra la góndola.
El Supervisor la levantó y la puso de pie.
—Hay que apurar un poco, Irene.
Después le miró el brazo.
—¿Otra vez?
Ella no dijo nada.
A mí me mandó a la góndola del arroz. Mientras me iba, Irene se quedó de espaldas, con el brazo pegado al cuerpo. Pensé en decirle que fuera al baño. Que se sentara. Que pidiera salir antes. No le dije nada.
No. Estuve el resto de la tarde con Guille, uno nuevo. Había entrado la semana anterior. Parece que él y el Supervisor se conocían desde chicos.
Ordenamos arroz durante horas. Guille hablaba mucho. Contó cosas del barrio, del club donde habían jugado de chicos, de las noches que habían terminado tirados en la vereda al amanecer.
—Lo conozco de toda la vida— dijo.
En un momento, un poco antes de terminar de ordenar los paquetes de arroz, pensé en Irene y le pregunté si la había visto. Guille dijo que sí. Que había ido a la cocina. Se quejaba del brazo. Una de las chicas le había preparado un té y la había hecho sentarse.
Entonces dejé de preocuparme. Eso me dije.
Ayer a última hora vi al Supervisor en el pasillo de limpieza. Acomodó una botella que había quedado torcida. Me miró como si fuera a decir algo, pero no dijo nada.
No. Hoy Guille no vino. El Supervisor tampoco.
Pregunté por ellos y me dijeron que capaz habían pedido el día, pero nadie sabía bien, o nadie me quiso explicar. Mejor no preguntar tanto. Eso me dijeron.
Ayer vinieron los de mantenimiento. Estuvieron en la cocina y en el depósito. Dijeron que había una pérdida en una de las tuberías. Que alguien se había apoyado en la cañería caliente. Que había que señalizar mejor. Hablaron de la tubería. De la caldera. Del carro.
Nadie dijo el nombre de Irene.
Con Irene no hablamos fuera del trabajo.
No tengo su teléfono. No sé dónde vive ni con quién.
Sé que le gustan los caramelos de limón.
Sé que puede acomodar treinta botellas con las etiquetas mirando exactamente hacia el mismo lado y después dejar una torcida a propósito.
—Para que tenga algo de que quejarse— me había dicho una vez cuando vio venir al Supervisor.
No. Irene tampoco vino hoy.
Sí.
Hoy somos menos.
Nota de autora:
Este cuento nació de una consigna del Taller Un millón de Mundos coordinado por Julieta Pikerton y organizado por la librería La Sede Bariloche, a partir de la lectura del manifiesto "No" de Sara Ahmed.
Gracias July y al taller por abrir esa puerta de escritura.


